La luz que nunca podrá extinguirse de Arthur Machen. Traducción de Santiago Israel Cabral

Este relato fue traducido en exclusividad para Revista Mordedor Nº9 por Santiago Israel Cabral Báez. Es la primera traducción al español de este texto.


Sobre el autor

Arthur Machen (Caerleon, Gales, 1863 — Beaconsfield, Inglaterra, 1947) es una de las figuras fundamentales de la literatura de terror y lo sobrenatural. Su obra más conocida, El gran dios Pan (1894), influyó profundamente en H.P. Lovecraft y en toda la tradición posterior del horror cósmico. Su prosa se caracteriza por un estilo poético y atmosférico, capaz de fusionar lo sobrenatural con lo cotidiano de manera inquietante y evocadora. Recibió el reconocimiento que merecía recién a los 80 años.


Todas las luces públicas de Stratford-on-Avon han sido apagadas por orden del alcalde.—Daily Paper.

Un amigo mío —cuyo nombre, claro está, estaré dispuesto a ceder, en confianza, a cualquier investigador serio— acaba de volver de las Midlands con una fascinante historia de sus aventuras allí. Se los paso a los lectores de The Evening News con toda reserva y toda precaución; es de ellos hacer lo que quieran con eso.

Mi amigo es un viajero de negocios, y realiza sus visitas usualmente en el oeste y el suroeste de Inglaterra. Su «línea» son blusas baratas, y desde el comienzo de la guerra le ha ido extremadamente bien. Los trabajadores han ganado mucho dinero —para ellos— y, por extraño que parezca, les gusta ver a sus mujeres vestidas con cosas lindas. No pueden ser inducidos a imitar las economías austeras de los que son mejores que ellos; y por eso han estado comprando blusas de cinco chelines con bastante entusiasmo. La empresa que contrata a mi amigo se percató que los centros de gran munición del Norte y las Midlands serían más rentables que los distritos del sur y el oeste, así que establecieron que su viajero «estrella» debería allanar nuevos caminos.

El plan resultó un gran éxito. Había tremendos negocios por hacer desde Warwickshire hasta Yorkshire, desde Lancashire a Lincolnshire; mi amigo, sonriendo, me dijo que nunca había enviado tantos pedidos en toda su carrera.

—Y —me dijo—, voy a darles una oportunidad a los pueblos pequeños luego de haber terminado con los grandes. Creo que hay dinero allí; en todas partes.

Así que hace unos días atrás se halló en un pequeño pueblo en Warwickshire. Había visitado tres o cuatro de estos pequeños lugares en el transcurso del día y le había ido bastante bien. Eran las nueve   en punto de la noche, y descubrió que debería de esperar dos horas por el tren de Birmingham —a menos que quisiera enviar sus muestras y caminar hasta una cierta confluencia, tres millas de distancia, donde él podría agarrar un buen tren a Birmingham. Le dijeron que el camino quedaba recto; no podía perderse. Pero se perdió.

Era una noche oscura; «recto» en este país es a veces una frase ambigua; las carreteras a menudo se cruzan unas con otras y se separan unas de otras de manera extraña; un ciudadano es fácilmente desconcertado por oscuros árboles y un silencio sepulcral. De cualquier forma, el viajero continuó y continuó, pero no halló ninguna confluencia. Encendió un fósforo bajo un seto y miró su reloj: eran las once en punto, y estaba perdido y desesperanzado en la oscuridad. No había luz por ninguna parte; no había nada más que hacer salvo caminar y caminar hasta llegar al amanecer o a un pueblo de algún tipo, donde pudiera despertar a un malhumorado propietario o propietaria.

Era medianoche cuando salió de la espesa sombra de un bosque murmurante, y para su completo asombro vio el cielo arder ante él.

—¿Cómo las luces de Londres en los días pasados? —dijo—. Ni un poco de eso. Diez veces más brillante. Era más parecido a salir de las bestiales calles negras de Londres a las que estamos acostumbrados, y entrar a un salón de música o un restaurante, todo iluminado. Estaba mirando en dirección a un valle con un río que lo atravesaba, y un pequeño pueblo en el río. Y lo vi todo con claridad, como si hubiera sido a la luz del día. No sé cómo lo vi; no había lámparas eléctricas ni nada de ese tipo que yo pudiera ver, pero ahí estaba, como si las piedras brillaran.

» Llegué a una gran iglesia con un chapitel junto al río, y era todo luz. Parece que se llevaba a cabo algún tipo de servicio; las luces brillabas a través de los vitrales, y el órgano sonaba y atronaba, y el coro cantaba; sonaba como Gregoriano, lo cual no me gusta en general. Sólo miré por la puerta y había tres clérigos juntos delante de la Mesa de Comunión, y el lugar se encontraba lleno de rojo y verde y oro y lleno de imágenes; así que salí. Me preguntaba cuál era el asunto.

» Las calles eran peor. No pude ver una sola lámpara encendida; pero todo estaba encendido. Las casas lucían antiguas, encaladas y con vigas negras, e inclinadas sobre la calle, y nunca había visto tanta multitud. Era como un baile de disfraces salido de Covent Garden. Todo el mundo estaba disfrazado; era una vista maravillosa. Todos los Reyes de Inglaterra parecían estar allí con sus coronas de oro sobre sus cabezas, y hombres con armaduras brillantes cabalgando con ellos, y hombres con lanzas, y hombres con arcos y flechas. Entonces había un rey de aspecto salvaje caminando con su reina, y ella estaba levantando las manos rojas de sangre. Luego se puso de pie un hombre semejante a Hamlet que iba vestido de negro, y una chica vestida de blanco con agua goteando de su ropa venía justo detrás de él.

» Y entonces me sentí un poco extraño. Justo después de la pareja de Hamlet y Ofelia, podría haber jurado que vi al viejo George Weir, que solía estar con F.R. Benson, con una pala en su mano y todo, tal como lo hacía el Sepulturero, y yo sabía que llevaba muerto cinco o seis años.

» Pero ellos vinieron pululando, uno encima de otro, como una perfecta multitud. Había un tipo corpulento, con la cara colorada, dando vueltas en su andar, y mirando de soslayo a su alrededor, oliendo como un barril de vino, y una manada de horribles asesinos pisándole los talones, furtivamente y gruñendo; y luego apareció un anciano con barba blanca, con las manos en alto, y un tipo vestido como Jack Point, con parches rojos y amarillos, lo sigue con lágrimas brotándole de los ojos. Luego hubo como una especie de transformación en la escena, chicas vestidas de verde con alas plateadas; supongo que debían de ser hadas.

» Y entonces todos empezaron a cantar. Lo escribí esa noche en mi dormitorio:

A la santa Iglesia nos vamos ahora todos,

Para que podamos mantener una gran fiesta,

Entonces el demonio de Alman no apelará,

Ni de noche ni de día.

Porque hemos venido, de la tierra y del mar,

Del cielo y del infierno de las hadas,

De lo alto y lo bajo y de cada grado,

Tanto rey como payaso en su meinie,

Entonces escucharemos con alegría y regocijo

Missam pro Anglia.

» Entonces todo se volvió negro. Estaba tambaleándome y decía “¿Dónde estoy?”. Y había un policía, sosteniéndome por el hombro y diciendo:

—No me sorprende que se haya perdido, señor. Todas las luces públicas están apagadas por orden del alcalde, y Stratford es un lugar desconcertante y oscuro para los extraños.

Escuché la historia de mi amigo como una parábola y entendí que hay una luz en Stratford-on-Avon que nunca se extinguirá.


Notas sobre la traducción.

Considero que algunas palabras servirán para comprender mejor ciertos aspectos que fueron tenidos en cuenta al momento de realizar la presente traducción. Partiendo desde el título del relato de Arthur Machen The Light That Can Never Be Put Out, bien podría haberlo traducido directamente La luz que nunca podrá apagarse; sin embargo, Machen nos cierne sobre el relato dos tipos de luces: la eléctrica, la que precisamos para poder ver y vernos; y la otra, la que tanto parecía gustarle particularmente, la luz del otro lado del valle, la extraña.

Creí conveniente, retomando la idea del título, que pudiera reemplazar la palabra “apagar” por “extinguir”, ya que el personaje que nos relata una especie de visión, típica también del querido Llewellyn Jones, es una luz que aparece y desaparece ante su vista y que nada tiene que ver con bajar un interruptor o volverlo a subir. La luz que percibe es aquella que irradia de sus propios sueños o de sus mejores pesadillas. Sí, he dicho mejor pesadilla. Porque aquí Machen deja entrever lo que, quizá para él, era una necesidad que no acababa por conciliar con el cristianismo de su época: él quería una iglesia donde todos pudieran ser parte. Y cuando digo “todos”, también son sus criaturas: las hadas, los sátiros, los caballeros que aún buscan el graal, la niña que camina entre piedras con rostros horribles y bebe de un arroyo brilloso con sabor a vino dulce. Todos estos personajes suyos son bienvenidos en su congregación. Machen es, de acuerdo a sus propios dictámenes feéricos, el sumo pontífice de su iglesia celta. Pero sabía que aquello resultaría tan improbable porque el mal de sus criaturas, aquel mal que él describía con la ambigüedad de sus encuentros sobrenaturales, no tenían la cualidad civilizada del perdón: sus criaturas no conocían la compasión, eran demasiado antiguos para hacerlo. 

Por lo tanto, me pareció correcto seleccionar este relato y traducirlo con el aprecio que tengo a nuestro querido maestro de nuestro maestro de Providence. Cabe aclarar también que cumple con las palabras requeridas por Roberto, menos de cuatro mil: tiene 1166 palabras. Otro aspecto, y no menos importante que cabe decir, es que es un relato inédito. Para el efecto, consulté con todos los libros traducidos de Machen al español hasta la fecha: El gran dios Pan, El terror y otros relatos de Valdemar; La casa de las almas de Perla Ediciones, antologías de Alianza… ninguno tiene el relato que he seleccionado, por tanto, está traducido en exclusividad para la gran revista Mordedor. Puede también consultarse todas las páginas existentes en internet.

Sin otro particular motivo, agradezco a Roberto y a Nazarena por la oportunidad que me han brindado en traducir a este gran autor.

Santiago Israel.   


Nota editorial: Este relato fue publicado el 14 de febrero de 1916 en el periódico The Evening News, en plena Primera Guerra Mundial. El oscurecimiento de las luces públicas que menciona Machen era una medida real adoptada en toda Inglaterra para dificultar los bombardeos alemanes. Stratford-on-Avon, ciudad natal de William Shakespeare, explica la procesión de personajes que el viajero cree ver en la oscuridad — Hamlet, Ofelia, el Rey Lear, Falstaff. Machen convierte la historia de un hombre perdido en la noche en una parábola sobre la permanencia de la cultura y el espíritu inglés ante la guerra.